F. SAGAN: EL ÚLTIMO MUNDO NUEVO
* Bonjour Tristesse (1954)
* Una Cierta Sonrisa (1956)
Un nuevo tipo de mundo nació a la literatura.(1) En cuanto a mí, encuentro muy natural que haya nacido en Paris y que haya sido parido por una madre soltera (se entiende: madre de un recién nacido puramente literario).
Desde luego ese nuevo mundo no nació hoy. Pero, aunque su búsqueda no esté prohibida, la paternidad está lejos de ser definitivamente establecida en su caso y la teoría de pretendientes de esta pesada responsabilidad no está aún cerrada. Sin embargo, aún en vida del supuesto padre. Un alemán, también él de genio, insinuó discretamente que bien podría ser el Gran Corso. En cuanto a mí, comienzo a creer firmemente que el último conquistador era efectivamente responsable de lo que para él fue el honor y el placer de la concepción de nuestro mundo nuevo. Aunque más no sea por la insinuación alemana, el alemán denunciante vio y previó muy bien lo que será el niño anunciado por él al mundo. Mientras muchas personas llenas de sentido común (common sense) siguen sin tomar en serio las visiones, hasta ese visionario, aunque prendado de razón (Vernunfl) (sin hablar de las inquietantes visiones de algunos de sus apóstoles).
Sin embargo en Inglaterra, un contemporáneo parece haber visto también muy bien las cosas. En todo caso se dio muy bien cuenta del hecho de que a causa de las mismas hazañas de su competidor franco-italiano, el honor (que algunos pretenden vano) del heroísmo viril (aunque más no sea en la vestimenta) ya sólo puede adquirirse vestido de civil (color de duelo, evidentemente). Pero ese genio pacífico murió como mártir sin conocer su sensacional descubrimiento (que tuvo un atraso inolvidable en el mundo propiamente dicho) sin dejar ras¬tros literarios y sus hagiógrafos no revelaron nunca a los no iniciados el sentido y el alcance verdaderos de su doloroso testimonio (del que un convento francés de mujeres abriga todavía las reliquias materiales). Finalmente, hubo en Francia un marqués, encarcelado por el Tirano, pero liberado por el Pueblo, que también comprendió que, en el nuevo mundo libre todo debía cometerse en privado; en particular los crímenes, obligatoriamente cometidos, por otra parte, como actos (noblemente gratuitos) de Libertad, igualitaria y fraternal. Pero los Libertadores populares tomaron al principio esa Libertad por un libertino. Y todavía hoy, los pocos hombres de élite que lo leen y hablan de él seriamente, son tildados de poco serios por las masas que sí son muy serias. Así, tampoco él divulgó el Secreto.
A decir verdad, es porque tengo ganas de revelar por fin ese mis¬terio tan cuidadosamente guardado por quienes lo detentan (suponiendo que todavía existan) que me decidí a escribir y también publicar las pocas páginas que siguen, dedicándoselas a todos aquellos que las leerán y en, consecuencia ciertamente a la señorita Sagan, que las recibirá sin ninguna duda con esmero de algún Argos vigilante. Porque es gracias al esmero que puso esa jovencita en escribir los dos primeros libros, que el mundo en cuestión "nació a la literatura". Hasta esta chica francesa, ningún letrado ha querido hablar de ello, al menos de manera divertida. Sin duda un gran literato americano de la época moderna, especializado en el análisis del comportamiento (behavior) viril, se asomó al problema de este mundo emasculado por su propio padre, por otra parte todavía desconocido. Dejándose crecer la barba (hoy blanca), probablemente para darse coraje en la lucha heroica contra la desesperación, este auto reputado buscó en todo el mundo el último macho humano o más bien el último hombre verdaderamente macho, y pretendió haberlo encon¬trado por fin en los mares del Caribe, en la persona de un viejo pescador, medio muerto, es cierto. Por no encontrarlo, hace su digno adversario a un pescado -aunque heroico y muy potente - de una es¬pecie diferente que le sirvió de modelo a uno de los símbolos de una religión muy conocida.(2) Pero esta tan reciente historia natural del mundo Anglo-Savon fue tan esotérica como el ya venerable apocalip¬sis germánico de la Historia universal.
Es entonces a una muy joven francesa a quien corresponde la gloria (literaria) de revelar a la gente (sus lectores y lectoras) de todo el mundo que es exactamente el mundo donde ha sido cosechada es¬ta gloria. de una forma muy honesta ciertamente pero tal vez algo “in¬conciente” (en el sentido filosófico de esta palabra) o “ingenua” (en el sentido de Schiller, es decir por oposición a “sentimental”).
Para decido rápidamente, se trata de un mundo que es nuevo por¬que está completa y definitivamente privado de hombres (en el sentido de Malraux-Montherlant-Hemingway. por citar sólo a esos tres clási¬cos, dejando en paz a Homero y los otros). De un mundo sin hombres. Visto (3) por una joven, es cierto. Pero de un mundo que difiere del todo de ese que, ya polvoriento, en que otra joven (no parisina) no veía por así decir, más que pantalones de franela, que en su época los hombres considerados como auténticos, era prácticamente lo único que usa¬ban. Por el contrario en el mundo nuevo que nos revela la joven a quien ese mundo se le reveló, los hombres (ya no en el sentido ambiguo de esa equívoca palabra francesa. sino en el sentido preciso y propio que es su sentido anátomo-fisiológico) en ese mundo nuevo, digo (con humillación viril) los que hacen función de hombres tiene una molesta tendencia a ofrecerse a las miradas, para nada maravilladas, de las jóvenes, completamente desnudos (pero obligatoriamente musculosos) o en deshabillé. En mi tiempo (que es para mí bueno y viejo. como era en todos los tiempos el caso de todos los tiempos del cual hablaba con cierta tristeza), en mis tiempos, digo (con viril orgullo), la desnudez, aunque integral, estaba más bien reservada a las jóvenes (al menos en el arte y la literatura). Tal fue también su suerte en el más lejano pasado. Dios sabe, por otra parte, que no era cosa fácil desvestir a los hombres viriles de antaño. Se necesitaban cuatro o cinco para sacar a un brillante caballero de su luminosa armadura. y más re¬cientemente la ayuda de un vigoroso muchacho no estaba de más pa¬ra extraer tal militar ilustre de sus finas botas lustradas. Sin duda las cosas han mejorado mucho desde entonces. Ya en mis tiempos, el fácil y confortable pijama de las Indias afeminadas, conquistó el mundo occidental y libre gracias a los conquistadores británicos del Servil Oriente. Sin embargo. En tanto que tema literario al menos, esta vestimenta occi-oriental (en sus comienzos exclusivamente reservada a los hombres y rigurosamente prohibida a las jóvenes bien educadas por sus mamás) se usaba solamente en los vaudevilles.
Seria difícil imaginar, efectivamente, a un autor (masculino) serio de la época, evocando el pijama de un héroe (literario) que, por ejemplo, en el suelo sangrante de la España revolucionaria, fuera llamado a iniciar virilmente al amor más puro (digamos para fijar las ideas: en una bolsa de dormir militar) a una joven cuya pureza (se entiende: moral) nada pudo empañar, ni siquiera la violación previa y reiterada por una docena de machos (reaccionarios). Sin duda, en nuestro mundo nuevo (donde felizmente las jóvenes puras ya no tienen necesidad de hacerse violar para volverse aptas para hacer el amor convenientemente, o, si se prefiere, de una forma pura y simple) la joven que nos habla de eso, sólo habla todavía en detalle de su propio pijama, en la pureza, inmaculada del que cuida maternalmente el segundo hombre que ha elegido. Pero ciertamente no se ve porqué las jóvenes escritoras de hoy no hablarían tan bien y con tantos cuidados fraternales de los pijamas de los ex-viriles partenaires, de los amores de aspecto masculino de las heroínas de sus novelas. Porque esas heroínas detallan ya con una muy masculina in¬diferencia (que les parece. es cierto. Todavía "maravillosa". Como ellas mismas lo confiesan con toda humildad) las formas viriles que se ofrecen a sus ojos cuando ven hermosamente pasar por la calle o más bien por la vereda de la Promenade des Anglais (Una cierta sonrisa. p. 118) a una de sus eventuales conquistas, a quienes abrazan el "torso" (que, desgraciadamente, aunque sea del Belvedere. No querrá nunca. En cierto modo. El de una Venus del Capitolio o de otra parte) cuando una conquista similar acaba en una cama (id. p. 106).
Que todo esto sea profundamente humillante para los que de entre nosotros. A los que el azar mendeliano hizo nacer con el cuerpo de un hombre, ninguno de ellos (a menos de haber olvidado completa¬mente el sentido no sexual del nombre genérico que lleva) honesta¬mente podría negarlo. Aunque, en ese caso, no es para negar y oponerse, sino para conformarse y admitir que se necesitará un coraje verdadero. Pero de allí a indignarse, como algunos pretenden hacerlo todavía... A tratar a estas nuevas jóvenes de "Amazonas", con algo de esa fina ironía que reemplaza tan ventajosamente el antiguo bronce de las leyendas heroicas de la Grecia muy antigua, nuevamente puesta (4) de moda por los pensadores sofisticados de nuestro tiempo.
¿Que nos digan qué podría comerse, en materia de pan, allí don¬de ni siquiera hay tortas? Yo no quisiera creer de todas formas, que la intención es aconsejar a esas pretendidas "Amazonas" (que por otra parte no demostraron ninguna hostilidad hacia ningún marido. Incluidos los suyos) dividirse, aunque más no fuera en broma, en dos grupos, de los cuales uno llevaría el rol de los que ellas tuvieron que dejar de combatir por falta de combatientes.
Durante milenios los hombres "tomaban" a las jóvenes. Luego llegó la moda, para ellas, de "entregarse". ¿Pero es culpa de las chicas si, en un mundo nuevo, sin heroísmo macho, ellas ya no pueden ser ni "dadas" ni "tomadas", sino que deben, sea como sea, contentarse con lo que venga? En todo caso, ¿no es preferible que en esas condiciones, lo hagan tanto como puedan, con la mejor fortuna y voluntad de un mundo, donde por otra parte todos estamos obligados a vivir, al menos mientras que nuestra propia muerte no nos diga nada? ¿De qué serviría, además, enviar a esas afortunadas pero voluntarias "Amazo¬nas", ya sea a los conventos (como parece ser el deseo de algunos, sin atreverse a decirlo jamás), o a lo de otros curadores profesionales su¬tiles de almas presumidamente homicidas (como a veces se sugiere con el pretexto falaz de que las chicas en cuestión no son "verdadera¬mente felices", pero por supuesto, sin ofrecerse para soportar los gas¬tos, muy elevados, del pretendido saneamiento moral)? Suponiendo a estas chicas "normalizadas", al punto de poder ser perfectamente "fe¬lices" comportándose como verdaderas "mujeres", ¿encontrarían aca¬so los verdaderos hombres que necesitarían, en un mundo donde la potencia del macho ha sido puesta en la actividad pacífica y laboriosa (aunque debidamente motorizada) de un esposo fecundo?
Para dar, en resumen, mi opinión definitiva, yo diría que Cecile y Dominique (nombre que debe leerse en femenino), así como la Françoise son para mi chicas como las otras. Quiero decir: como esas otras jóvenes de todos los tiempos y todos los lugares, que disponían de una inteligencia poco común y que tenían lo que se llama vulgarmente (o noblemente) agallas (aunque no todas tuvieran ese brillante talento precoz y literario del que dio muestras al menos una de ellas). Lo que las tres jóvenes precipitadas tienen de inédito (y de humillante para nosotros, que sin embargo somos hombres, al menos desde cierto punto de vista) es que, gracias a la tercera, las dos primeras empezaron a vivir, ya no en el mundo con el que las chicas sueñan casi tanto como los chicos y chicas, sino en ese raro mundo todavía nuevo y último en tiempo, que es precisamente el nuestro, y que como se sabe, tiene como carácter específico, distinguiéndolo de todos los otros, el hecho de que ya no hay virtualmente más ni verdaderas guerras ni auténticas revoluciones, y en el que, en consecuencia, muy pronto ya no se podrá morir gloriosamente en otra parte que no sea en una cama (privada o pública) sino con la condición de. ya sea afrontar espada en mano a las fieras (no castradas y rumiantes) o de escalar, arriesgando la vida, cimas de más de ocho mil metros de al¬tura (o una cifra similar equivalente en pies ingleses u otras medi¬das). Esas cimas no son todavía muchas y serán o bien dejadas por pérdida total del interés viril que todavía suscitan, o bien provistas de teleféricos lo menos peligrosos posible o por pistas de aterrizaje para helicópteros. que, como todos deseamos, pronto servirán sólo para fines pacíficos, de manera de poder ser utilizados por todas las edades y todos los sexos. En cuanto a las fieras que actualmente se usan para actualizar la virilidad virtual de algunos auténticos machos huma¬nos (generalmente íberos) existe el riesgo de que una opinión pública (poco "ingenua" es cierto, pero muy "sentimental". para re-citar al gran poeta del Sturm und Drang) que no soporta más (ni siquiera en la ex-aristocrática patria de los últimos dandies civiles) la idea de una puesta en escena de la muerte (sin dolor) de un auténtico asesino, se conmoverá pronto para poner fin a los sufrimientos (tan crueles y tan humillantes) con los que se hace padecer a las pobres bestias vegetarianas que no hicieron mal a nadie.
Entonces, al ver el estado de paz paradisíaco por fin restablecido en la tierra, las antiguas divinidades (machos y hembras) que tan fuerte se reían en tiempos de los combates de Aquiles, pero que no llegaron a morir de sed en épocas más recientes, se alegrarán tal vez. También ellas, con una cierta sonrisa, consumiendo tranquilamente como todo el mundo "guisqui" que -al menos en nuestro mundo- se dice scotch y se toma cortado con agua helada; -lo que, además, les seria de buena gana dado hasta por el Sabio más epicúreo del mundo.
Publicado en Critique Nº 111-112, Sep. 1956, París.
REFERENCIAS
1) Robert Paris, Tiempos Modernos (Sartre, dir.). 11 año, n° 25 (junio 1956), p. 903.
2) Este honor exclusivo acordado a ¡os peces y a los pescadores seria in¬ justo para los no emasculados y sus valientes adversarios, si estos últimos no hubieran sido objeto de un libro más antiguo del autor en cues¬tión, que por otra parte consagró lo mejor de su obra literaria y hasta su propia vida a sangrientos combates entre mamíferos (machos), lanzán¬dose sobre los animales a sangre fría cuando el mismo estaba en su declinación (viril).
3) Un error de impresión que agregaría una “s” al final de este “visto” trai¬cionaría horriblemente el pensamiento profundo del autor.
4) Nuevamente aquí, un detalle que suprimiendo la “a” feminizante de la palabra “puesto” la relacionaría ya no con la Grecia antigua, sino con ese famoso y poético “bronce”, que muy bien podría fabricarse hoy y uti¬lizarlo como lo utilizaron en su tiempo (donde no se podía hacer nada mejor, al menos en materia de metales), los héroes legendarias de los que nadie se atrevería (ni en vida, ni siquiera después de sus gloriosas muertes) a cuestionar la virilidad, podría exponerme al riesgo (cierta mente grave para un autor) de ser mal interpretado, incluso totalmente desconocido (en el sentido de des-comprendido).
Estimados colegas
Les enviamos este artículo, que es parte de la bibliografía de nuestro
Seminario:" Las declinaciones del Padre, ciencia, religión y psicoanálisis"
corresponde al Modulo 1. Punto C. " La desvirilización del mundo".
Silvia Bermúdez. Responsable de Publicaciones.